No recuerdo del día que nací,
Pero parece que a los seis meses hablé, “quiero más”dije, cuando en una fiesta, me mojaron los labios con un“tinto”, vaya a saber si es cierto, pero la anécdota siempre viene solapada e insidiosa, porque no es para marcar cierta precocidad lingüística, sino la otra precocidad .
Me acuerdo sí, de una casa larga con patio de baldosas claras, galería de columnas negras, en donde “Vita” a la tarde me obligaba a tomar un tazón de leche. Las habitaciones estaban al lado derecho de la galería, todas conectadas entre sí; en el fondo había un patio con jardín y más atrás estaba el taller de cerámica de mi madre.
Recuerdo algunos miedos como una tortuga gigante y un cocodrilo de plástico que agitaba su cola por el piso de cemento de la cocina.
Mi habitación, en ésa casa chorizo era el paso obligado del comedor al resto de las habitaciones. Me acuerdo de las noches de invierno, cuando con mi hermano nos refugiábamos bajo unas gruesas mantas, mirando el fuego, de la grande y pesada estufa de kerosene bordó.
Ella llegaba, controlaba que estuviésemos tapados, revisaba el tanque y la orden de “¡a dormir! Se iba.
Es cierto, que mi abuela no se acercaba, ni nos daba un beso, pero el solo hecho que ella pasase nos hacía sentir más seguros.

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